Es el complemento más adorado en el armario de la mujer pero también en el del hombre. El calzado ha trascendido su función original de cubrir los pies para convertirse en un objeto de deseo y atracción.

Son los monarcas absolutos del guardarropa, donde campan a sus anchas y, además, en ocasiones, esconden una pasión desbocada, adictiva y casi sexual. Los españoles compramos, a pesar de la crisis, de cuatro a cinco pares de zapatos al año, según datos del sector. Los clientes más incondicionales tienen entre 35 y 55 años. La coquetería es para todos, hombres y mujeres, pero sobre todo ellas: una mujer occidental atesora de media una veintena de zapatos, de los cuales la mitad duerme el sueño de los justos, y al menos hay un par sin estrenar. El hombre se conforma con una media de cuatro pero bien cuidados: dos de vestir y dos más informales. Más de la mitad de los españoles disfruta comprándolos, según una encuesta encargada por una firma de venta on line, y un tercio confiesa, además, comprar zapatos sin motivo aparente. Ningún otro complemento está revestido de tanto simbolismo: cada par de zapatos refleja una faceta diferente de nuestra personalidad. Una mujer no será la misma con unas bailarinas que con unos tacones de aguja de quince centímetros, o un hombre con zapatillas deportivas en vez de mocasines.
Y cuando hablamos de zapatos, y de pies, entramos en un terreno de sensualidad y fetichismo que explica la extraordinaria fascinación por un objeto que, en principio, sólo sirve para proteger los pies de la dureza del suelo. Para Freud, el zapato simbolizaba la vagina, y el pie, al introducirse en él, el miembro viril… Pensemos también en la milenaria tradición china de vendar los pies a las niñas. “Durante siglos, las mujeres no han enseñado los pies, era un tabú, un objeto de deseo que ejercía un poderío tremendo, pecaminoso. Y antes de que llegara el siglo XX, el zapato era lo más sexy que una mujer podía mostrar –explica Pilar Pasamontes, historiadora de la moda, vicepresidenta de Modafad y directora científica del IED Barcelona–, y en nuestra sociedad actual nos ha quedado esa impronta”.
“La fascinación nos viene desde que somos pequeños; siempre que había una ocasión especial estrenabas zapatos”, considera Antonio Morales, diseñador y coordinador del posgrado de Diseño de Calzado de la Escola Superior de Disseny Felicidad Duce. Con los zapatos podemos llegar a tejer inestimables relaciones de afecto. “Cuando compramos unos zapatos porque nos gusta su diseño y nos van muy bien, nos cuesta mucho reemplazarlos por otros al cabo de unos años, cuando empiezan a estar viejos y gastados”.
“Los zapatos son el principio y el fin de la felicidad. Un buen calzado nos sostiene, nos protege y nos aísla del suelo, pero algo tan simple como una rozadura, nos puede acarrear la más dolorosa incomodidad”, asegura Lourdes Rodríguez, coolhunter y ex directora creativa de una firma de zapatos. El confort no es siempre una prioridad: los más exquisitos zapatos de diseño pueden ser igualmente sofisticadas máquinas de tortura. “Los taconazos imposibles no están diseñados para caminar, sólo para ser lucidos”, dice Rodríguez. Son la moderna versión del incomodísimo corsé dieciochesco. La belleza tiene un precio, o al menos eso deben pensar las pacientes que se someten a las nuevas y controvertidas técnicas de cirugía podal específicamente pensadas para lucir mejor los tacones, muy de moda en Estados Unidos: inyecciones de colágeno en la planta del pie para amortiguar la pisada, liposucción de tobillos, reducción o incluso amputación del dedo meñique…

Los zapatoadictos (conocidos en el mundo anglosajón como shoealcoholics) reúnen pares y pares como preciados objetos de colección. Como Anna Carbonell, especialista en reputación on line, que no tiene problemas en confesarse “adicta” a este complemento. “Lo mío no tiene mucho remedio, aunque no es intencionado. De pequeña nunca miraba escaparates de juguetes, sin embargo, siempre me quedaba embobada frente al de las zapaterías. Tengo que tener un mínimo de un par en el vestidor para estrenar, por si tengo algún día malo. Cambié el comprar souvenirs por pares de zapatos cuando viajo. Tengo más de 120 pares, 100 de ellos con tacón. Tengo de todas las marcas, de Louboutin a Zara. He comprado en Australia, en Italia, en Estados Unidos, en Bélgica… y, por supuesto, en París, Londres, Barcelona…”.

El Rey Sol fue uno de los primeros adictos, aunque el caso más paradigmático es el de Imelda Marcos, esposa del dictador filipino Ferdinand Marcos. Se le adjudicaban más de tres mil pares, pero cuando el matrimonio huyó del país en 1986 sólo se encontró la modesta cifra de 1.220, la mayor parte de los cuales hoy han sido dañados irreparablemente por las termitas y la humedad. Estrellas como Céline Dion o Madonna han confesado tener cantidades similares de zapatos. Y no es sólo cosa de féminas excéntricas: Noel Gallagher, exmiembro del grupo Oasis, confesó haber superado su adicción a la cocaína gracias a su obsesión por las zapatillas deportivas Adidas. Las grandes firmas estiman que un 80% de las zapatillas deportivas que se compran en el mundo no están destinadas para su uso original, hacer deporte. Los coleccionistas y magnates del hip-hop poseen centenares. Las clásicas Converse, zapatillas de lona de principios del siglo XX, fueron diseñadas para jugar a baloncesto; en la actualidad, entre originales y copias, son el calzado más vendido del mundo.
Ya lo han visto: la compra desmedida de zapatos, llevada al extremo, puede convertirse en adicción. Los especialistas advierten que vivimos en un mundo en el que se nos incita constantemente al consumo, por lo que puede ser fácil caer en un afán incontrolado por adquirir cosas. Cuando se hace a escondidas, o se acumulan pares que nunca se usarán, o se gasta dinero por encima de sus posibilidades, o si tras la compra feroz se llega a un sentimiento de frustración, podemos estar frente a una patología que puede requerir la ayuda experta de un terapeuta.
Por sus zapatos le conocerás La variedad de formas, estilos y colores transmiten mensajes sobre quiénes somos, cuál es nuestro estatus y cuáles son nuestras intenciones, si somos dogmáticos o creativos, seguros o inseguros… mucho más de lo que creemos. Un reciente estudio llevado a cabo por las universidades de Wellesley y Kansas (EE.UU.) muestra que, si bien un libro no se puede juzgar por la portada, de una persona podemos saber muchas cosas tan sólo fijándonos en sus zapatos. Durante la investigación, se pidió a los participantes evaluar la personalidad, estilo, ideología y características demográficas (edad, sexo, ingresos…) de personas basándose únicamente en una imagen de sus zapatos. La foto representaba el par de zapatos que el propietario viste más a menudo, y los investigadores pedían simplemente una primera impresión. Estos propietarios habían previamente realizado un test en el que se definían a sí mismos siguiendo dichos criterios.
Los resultados arrojaron algunas conclusiones poco sorprendentes, como que las personas con altos ingresos llevaban zapatos caros, mientras que los librepensadores baratos y desgastados. Los extrovertidos se inclinan por un calzado vistoso, colorido y llamativo. Los más meticulosos no llevan zapatos nuevos pero los llevan impecables. Otras conclusiones fueron menos evidentes; por ejemplo, los propietarios que llevan zapatos marcadamente masculinos o con tacón alto tienden a ser menos agradables. De hecho, las personalidades agresivas prefieren botas o botines altos, mientras que las personas más sociables llevan un calzado funcional y práctico. Ahora bien, los investigadores pudieron observar que muchas personas compran y usan estratégicamente el calzado para crearse una imagen pública, que en ocasiones no se correspondía con los cuestionarios de autodefinición.
Los zapatos incluso nos pueden servir de termómetro económico. Tradicionalmente, en época de incertidumbre y recesión aumentan las ventas de zapatos de tacón alto como forma de evasión ante la cruda realidad. Pero ante la persistencia de la crisis en España, el efecto está siendo el contrario: IBM analizó millones de mensajes a través de redes sociales y blogs y, a partir del 2011, las conversaciones en materia de calzado abogan por los zapatos de tacón plano o medio. Alto o no, según The Data Republic, el tacón sigue siendo el rey en nuestro país, con una cuota de mercado en el 2012 de casi el 40%. Las firmas que proponen calzado a precio más bajo han subido: Bershka y Lefties (bajo coste de Inditex) y la irlandesa Primark son las que más crecen. Ninguna está especializada en calzado, curiosamente. Hasta bien entrados los noventa Zara no proponía zapatos en su catálogo, y otras marcas de ropa no los han incorporado a sus colecciones hasta los años 2000.
Un complemento occidental A pesar de que un 90% de los zapatos que se venden en el mundo han sido fabricados en Asia (China, Vietnam, India e Indonesia principalmente), es en Europa y Norteamérica donde más zapatos se compran. El Viejo Continente, que sólo produce un 6% del total global, es el mercado más importante, con una cifra de negocio estimada de  50.000 millones de euros. Dice un proverbio inglés que hay dos cosas en la vida en las que debes invertir: calzado y colchón, porque si no estás sobre el uno estás sobre el otro, pero el presupuesto medio para zapatos en España es de unos 100 euros anuales por persona, según el INE, alrededor de treinta euros menos que antes de la crisis. Precio reducido que explica el éxito del calzado textil (zapatillas de tela, etcétera) y de caucho o plástico, que nos llegan principalmente de China (76% de las importaciones).
El consumo en España se ha contraído, pero se espera que este año las cifras mejoren ligeramente. El sector se salva, como explica Javier García Lillo, secretario general de la Federación de Industrias del Calzado Español (FICE), por las exportaciones, en continuo crecimiento. “Cada crisis la hemos superado gracias a la exportación. El calzado español está reconocido fuera por su buen diseño y calidad. La imagen made in Spain, en nuestro caso, es un valor y un argumento de venta”, asegura. Ante la feroz competencia asiática, el calzado europeo (liderado por Italia y España) ha tenido que reorientarse. “Ya no fabricamos gama baja; ni la estructura ni la exigente normativa europea lo permiten”, explica. Es la calidad la que permite crearse una imagen fuerte en el exterior. Si tenemos que hacer un retrato robot del zapato-tipo español, se trata de un calzado de piel de entre 70 y 90 euros. “Esta es la franja donde mejor nos movemos, y también los que vendemos fuera”.
“El mundo del calzado está sufriendo la crisis a su manera”, indica Lourdes Rodríguez. “No sólo China, también Inditex nos trae cada temporada versiones low cost de las grandes firmas internacionales, y después, el resto de marcas y comercios hacen lo propio: una mezcla entre las tendencias de la calle y las de la pasarela. Los cazadores de tendencias rastrean webs de todo el mundo en busca de indicios de cambio: plataformas en forma de bloque, zapatos con reflejo tornasol y de holograma, punteras cada vez más puntiagudas… Y terminan en todas las tiendas en un abrir y cerrar de ojos”.
El diseñador de calzado debe escoger muchas veces entre hacer diseños cómodos y funcionales o estéticos objetos de deseo. “El proceso de diseño de un zapato es muy diferente al de otros complementos o a la ropa. Un vestido no necesita adaptarse tanto a una forma predeterminada ni va a soportar el peso del cuerpo. El diseñador crea las líneas del zapato, escoge sus materiales y colores, pero intervienen otros expertos con conocimientos muy técnicos, como el hormero, que conoce la anatomía, los huesos y el patronista, que debe ajustar el diseño para que podamos, por ejemplo, flexionar el pie. Es muy difícil crear un buen zapato”, certifica Antonio Morales.

 

Símbolo de poder “Al igual que los hombres de poder lucen sus relojes, las mujeres de poder lucen sus tacones”, opina Pilar Pasamontes. “Históricamente, el zapato ha simbolizado estatus. Los esclavos, las clases bajas, iban descalzos”, añade. Anna Carbonell coincide con esta afirmación: “Siempre trabajo con tacones. Aunque no lo creas, en un mundo liderado por hombres unos tacones ayudan a que no te miren por encima del hombro en más de una ocasión…”.
Para Julie Benasra, joven directora y guionista francesa, autora del documental God save my shoes (Dios salve a mis zapatos), en el que hace un recorrido por la pasión desmedida por los tacones de la mano de adictas como Dita von Teese y grandes creadores como Louboutin y Blahnik, considera que “ningún otro complemento transforma tanto el cuerpo de una mujer como el zapato de tacón. Es instantáneo y menos fastidioso que el deporte: realza pecho y nalgas, hace bascular la pelvis, afina y alarga las piernas, el pie se arquea… Una mujer con tacones seduce más porque sus activos naturales se realzan y porque parece vulnerable. Sus movimientos son más lentos, no puede correr, algo que la vuelve más delicada a la mirada de los hombres que se sienten hoy un poco amenazados por elempowerment de las mujeres. Es el único objeto que yo conozca que vuelve a las mujeres dominantes y sumisas al mismo tiempo”.
Para el psicoanalista Patrick Lambouley, “los zapatos son una mentira. Y mentirse está muy bien. Cuando lo sabemos, jugamos con ello y llevamos esta mentira con estilo”. Una mentira de altura a la que muchos hombres poderosos también se han aferrado: los exmandatarios Nicolas Sarkozy y Silvio Berlusconi llevaban calzas disimuladas en el tacón de sus zapatos de hasta siete centímetros, hechas a medida.
Los tacones son armas de seducción masiva, pero también unos bonitos zapatos masculinos pueden dar juego. “Yo casi miro los zapatos de un hombre antes de mirarle a los ojos”, bromea Pilar Pasamontes. El calzado, pues, deja huella.

Zapatos que dejaron huella

Sobre baldosas amarillas

Los míticos zapatos con los que Judy Garland se paseó sobre baldosas amarillas en el clásico de 1939 El mago de Oz han quedado en el imaginario popular. En el libro original, los zapatos de Dorothy eran de plata, pero la Metro Goldwyn Meyer, para aprovechar el potencial del tecnicolor, decidió que en la adaptación fuesen rojos. Seis o siete pares idénticos fueron diseñados por el director de vestuario Gilbert Adrian y realizados a mano a base de canutillos rojos y lentejuelas para simular los rubíes. En el 2011 se subastó el par que usó Garland para la escena final de la película, pero la subasta quedó desierta.

El zapato mágico de Cenicienta

Es uno de los cuentos de hadas más famosos y todo gira en torno a un precioso zapato de cristal. La versión que todos conocemos es la inmortalizada por Walt Disney en la película de 1950, basada parcialmente en una historia de Charles Perrault. Sin embargo, en la edición clásica del cuento de los hermanos Grimm, una de las hermanastras se corta dos dedos por indicación de su madre, y la otra no duda en mutilarse el talón. Todo con tal de que sus feos pies puedan entrar en el zapato. Pero sólo el pie grácil y delicado de Cenicienta se ajusta perfectamente al mágico zapato, que se gana así el corazón de su galán.

Calzado papal

Los zapatos de color cereza de Benedicto XVI dieron mucho que hablar durante su pontificado. Atribuidos erróneamente a la firma de lujo milanesa Prada, estaban en realidad confeccionados a medida por Adriano Stefanelli, un artesano del norte de Italia. El pontífice quiso así recuperar la tradición medieval de vestir el rojo, símbolo del poder del pontificado. Los zapatos han sido donados a la orden de San Juan de Dios que los exhibe actualmente en Granada. El actual papa, Francisco, quizás para diferenciarse, prefiere seguir usando sus zapatos viejos y gastados de obispo de Buenos Aires.

La suela de Louboutin

Conocido como el rey de los zapatos, monsieur Christian Louboutin, que es casi un recién llegado (lanzó su firma en 1991), ha conseguido que la suela roja inconfundible de sus creaciones sea su imagen de marca y, además, protegida por la justicia. Tras años de batallas judiciales, especialmente contra otra maison francesa, Yves Saint-Laurent, por el monopolio de la codiciada suela, los tribunales y los millones de dólares en recurso, dejaron vía libre al creador parisino. Otras marcas, como la brasileña Carmen Steffens y hasta Zara, que llegó a proponerlos a 40 euros, también se han visto frente al juez.

Manolo en Nueva York

Quince años han pasado desde el estreno de Sexo en Nueva York, pero sus nombres siguen estando irremediablemente asociados. Para Sarah Jessica Parker –y su álter ego Carrie Bradshaw–, el reconocido diseñador canario Manolo Blahnik es, nunca mejor dicho, horma para su zapato. En una memorable escena de la serie, Carrie suplica a un atracador que está a punto de robarle: “Llévate el reloj, el bolso… ¡pero déjame los Manolos!”. Recientemente, Parker declaró que dejaba sus altísimos tacones sólo para las grandes ocasiones, ya que tantos años subida en ellos le han causado daños irreparables en los pies.

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